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Himno

oh, Sí, Quiero Verle!

esta bella canción nos sumerge en una fe que avanza pese a la adversidad. Habla de andar feliz hacia el hogar eterno por la confianza en Jesús y del deseo ardiente de ver al Salvador y cantar en un día glorioso, dejando atrás afán y resentimientos. El tema central es la perseverancia: ante dardos y turbiones, la seguridad proviene de la fe que guía como un piloto fiel, sosteniendo al creyente y conduciéndolo al puerto. Se destaca la certeza de que Jesús es la luz que ilumina valles y sombras, y la promesa de triunfos y salvación por medio de su amor, que fortalece y consuela en cada paso.

Letra

I
Voy feliz al dulce hogar, por fe en Jesús
Y luchando por traer, almas a la luz;
Dardos encendidos mil vienen contra mí,
Mas yo sé que por fe, venceré aquí.

¡Oh, sí, quiero verle, ver al Salvador,
Quiero ver su rostro lleno de amor,
En aquel gran día yo he de cantar,
Ya paso todo afán, todo mi pesar.

II
En las olas del turbión Cristo guardará,
Mi barquilla guiará hasta el puerto allá;
Yo tranquilo puedo estar, mi piloto es Él,
Es mi Rey, tengo fe, sé que Él es fiel.

III
En servir al Salvador por los valles voy,
Donde muchas sombras hay, mas seguro estoy;
Muchos triunfos obtendré, nunca faltará,
Mi Jesús, es la luz, Él me sostendrá.

Reflexión

En el caminar de la vida, a menudo nos encontramos transitando por senderos donde las dificultades se multiplican y el viento sopla con fuerza. Sin embargo, la hermosa letra que hoy nos inspira nos recuerda que no caminamos a la deriva, sino con la firme esperanza de un dulce hogar celestial, sostenidos por una fe viva en Jesús. Aunque en el trayecto enfrentemos luchas cotidianas y "dardos encendidos" que intentan desestabilizar nuestra paz, la promesa de la victoria no depende de nuestras propias fuerzas, sino de Aquel en quien hemos puesto nuestra confianza.

Es completamente natural sentir temor cuando las olas de la vida se agitan y amenazan con hundir nuestra pequeña barquilla. Pero qué descanso tan profundo hallamos al recordar que Cristo es nuestro piloto. Él no solo observa nuestras tormentas desde la distancia, sino que guía activamente nuestra barca hacia un puerto seguro. Te invito hoy a hacer una pausa y reflexionar: ¿quién tiene el timón de tu vida en este momento? Entregarle el control a Jesús nos permite experimentar una tranquilidad inexplicable, con la certeza de que nuestro Rey es fiel y cumplirá su promesa de guardarnos.

Aun cuando el servicio nos lleve a cruzar valles oscuros y llenos de sombras, no debemos temer, pues Jesús es la luz que disipa toda oscuridad y nos sostiene a cada paso. Mantengamos nuestra mirada fija en el gran premio final: ese anhelado día en que contemplaremos el rostro de nuestro Salvador, un rostro lleno de amor. Allí, todo afán, dolor y pesar quedarán finalmente en el olvido. Que esta maravillosa esperanza renueve tu fe hoy, te inspire a seguir compartiendo su luz con los demás y te llene de la seguridad de que, de la mano de tu fiel piloto, llegarás a salvo a tu destino.