Jesucristo, Unico Dios
esta bella canción presenta a Jesucristo como el único Dios y salvador. A partir de la mirada divina sobre la humanidad caída, describe cómo el pecado dejó ruinas y misery, y cómo Jesús abandona su trono para abrir una senda de vida. Su muerte en la cruz y su descenso a la tumba son presentados como ofrenda para sanar las heridas humanas; la frase “Nos curó con su herida” resume el poder redentor de su sacrificio. El tema central es la liberación del pecado y la muerte, la exaltación de su gloria y la certeza de su segunda venida, que sostiene la fe y la devoción de la Iglesia.
Letra
Jesucristo, el único Dios,
Cuando desde los cielos miró
A la raza caída,
Los escombros del hombre encontró,
Porque lo que el pecado dejó
Fue miserias y ruinas.
Y su Trono de Gloria dejó,
Y en su Nombre una senda trazó
A las almas perdidas,
Y su cuerpo en ofrenda ofreció,
Y hasta la misma tumba bajó,
Para darnos la vida;
Y al pecado el imperio quitó,
Y a la muerte, la muerte le dio,
Nos curó con su herida.
Jesucristo, el Hijo de Dios
Que en rescate del mundo lo dio,
Por su amor infinito,
Es digno de la bendición,
La alabanza, la gloria y honor,
Por siglos de los siglos;
A la Diestra de Dios se sentó,
Y su Espíritu Santo le dio
A su Iglesia bendita;
Y por eso le damos loor,
Y esperamos con fe y devoción
Su segunda venida.
Y al pecado el imperio quitó
Y a la muerte, la muerte le dio,
Nos curó con su herida.
Cuando desde los cielos miró
A la raza caída,
Los escombros del hombre encontró,
Porque lo que el pecado dejó
Fue miserias y ruinas.
Y su Trono de Gloria dejó,
Y en su Nombre una senda trazó
A las almas perdidas,
Y su cuerpo en ofrenda ofreció,
Y hasta la misma tumba bajó,
Para darnos la vida;
Y al pecado el imperio quitó,
Y a la muerte, la muerte le dio,
Nos curó con su herida.
Jesucristo, el Hijo de Dios
Que en rescate del mundo lo dio,
Por su amor infinito,
Es digno de la bendición,
La alabanza, la gloria y honor,
Por siglos de los siglos;
A la Diestra de Dios se sentó,
Y su Espíritu Santo le dio
A su Iglesia bendita;
Y por eso le damos loor,
Y esperamos con fe y devoción
Su segunda venida.
Y al pecado el imperio quitó
Y a la muerte, la muerte le dio,
Nos curó con su herida.
Reflexión
Querido hermano y hermana, cuando nos detenemos a contemplar el inmenso amor de Jesucristo, nuestro único Dios, descubrimos una gracia que sobrepasa todo entendimiento. Al mirar desde los cielos hacia nuestra realidad, Él no vio perfección, sino una raza caída, sumergida en las miserias y ruinas que el pecado dejó a su paso. Sin embargo, su mirada no fue de juicio o indiferencia, sino de una compasión tan profunda que lo movió a actuar en nuestro favor. En medio de nuestros propios escombros emocionales y espirituales, su amor infinito se hizo presente para rescatarnos.
Para darnos vida, Jesús decidió dejar su Trono de Gloria y trazar con su propio Nombre una senda de esperanza para nuestras almas perdidas. El Salvador no se limitó a observarnos desde la distancia; descendió hasta lo más profundo, entregando su propio cuerpo en ofrenda y bajando hasta la misma tumba. Es allí, en el misterio de su entrega, donde derrotó el imperio del pecado y le dio muerte a la muerte misma. Qué asombroso intercambio de amor: fuimos curados precisamente a través de su herida. Su dolor se convirtió en nuestra medicina y su entrega en nuestra libertad.
Hoy, este mismo Jesús que se entregó por nosotros se encuentra sentado a la Diestra de Dios, coronado de gloria, honor y bendición por los siglos de los siglos. Pero no nos ha dejado solos; ha derramado su Espíritu Santo sobre su Iglesia bendita para sostenernos, guiarnos y consolarnos cada día. Esta presencia divina en nuestras vidas nos capacita para vivir con una fe activa y agradecida, mientras esperamos con devoción y esperanza su prometida segunda venida.
Te invito hoy a abrir tu corazón a este amor transformador. Permite que el Señor sane tus áreas quebrantadas con su herida y que levante con su poder los escombros que el dolor haya dejado en tu vida. Ríndete ante Aquel que es digno de toda alabanza y permítele guiar tus pasos por la senda que Él ya trazó para ti. Que tu vida sea un constante canto de loor, confiando plenamente en que su victoria sobre la muerte es también tu victoria diaria.
Para darnos vida, Jesús decidió dejar su Trono de Gloria y trazar con su propio Nombre una senda de esperanza para nuestras almas perdidas. El Salvador no se limitó a observarnos desde la distancia; descendió hasta lo más profundo, entregando su propio cuerpo en ofrenda y bajando hasta la misma tumba. Es allí, en el misterio de su entrega, donde derrotó el imperio del pecado y le dio muerte a la muerte misma. Qué asombroso intercambio de amor: fuimos curados precisamente a través de su herida. Su dolor se convirtió en nuestra medicina y su entrega en nuestra libertad.
Hoy, este mismo Jesús que se entregó por nosotros se encuentra sentado a la Diestra de Dios, coronado de gloria, honor y bendición por los siglos de los siglos. Pero no nos ha dejado solos; ha derramado su Espíritu Santo sobre su Iglesia bendita para sostenernos, guiarnos y consolarnos cada día. Esta presencia divina en nuestras vidas nos capacita para vivir con una fe activa y agradecida, mientras esperamos con devoción y esperanza su prometida segunda venida.
Te invito hoy a abrir tu corazón a este amor transformador. Permite que el Señor sane tus áreas quebrantadas con su herida y que levante con su poder los escombros que el dolor haya dejado en tu vida. Ríndete ante Aquel que es digno de toda alabanza y permítele guiar tus pasos por la senda que Él ya trazó para ti. Que tu vida sea un constante canto de loor, confiando plenamente en que su victoria sobre la muerte es también tu victoria diaria.