Cuando Leo En La Biblia
Esta bella canción describe, a través de imágenes simples y tiernas, el deseo de acercarse a Jesús y encontrar en Él descanso y cuidado. Su tema central es la confianza de los niños en el amor del Salvador, que ofrece abrigo, miradas bondadosas y palabras de aliento. La letra invita a la fe como camino para experimentar su presencia, oración y la esperanza de un reino futuro preparado para los que le siguen. Se enfatiza la alegría de la salvación compartida por todos, sin distinción, y la misión de mostrar ese lugar de consuelo a quienes aún no lo conocen. En conjunto, transmite un mensaje de inclusión, ternura divina y promesa eterna.
Letra
I
Cuando leo en la Biblia cómo llama Jesús,
Y bendice a los niños con amor,
Yo también quisiera estar,
Y con ellos descansar
En los brazos del tierno Salvador.
II
Ver quisiera sus manos sobre mí reposar,
Cariñosos abrazos de Él sentir,
Sus miradas disfrutar,
Las palabras escuchar:
A los niños dejad a mí venir.
III
Mas aún a su estrado en oración puedo ir,
Y también de su amor participar;
Pues si pongo en Él mi fe,
Le veré y le escucharé
En el reino que Él fue a preparar.
IV
Todos los redimidos y salvados por Él,
Al Cordero celebran inmortal;
Cantan voces mil y mil
En el coro infantil,
Pues es de ellos el reino celestial.
V
Muchos hay que no saben de esa bella mansión,
Y no quieren a Cristo recibir;
Les quisiera yo mostrar
Que para ellos hay lugar,
En el cielo do los convida a ir.
VI
Yo ansío aquel tiempo venturoso, sin fin,
El más grande, el más lúcido, el mejor,
Cuando de cualquier nación
Niños mil sin distinción
A los brazos acudan del Señor.
Cuando leo en la Biblia cómo llama Jesús,
Y bendice a los niños con amor,
Yo también quisiera estar,
Y con ellos descansar
En los brazos del tierno Salvador.
II
Ver quisiera sus manos sobre mí reposar,
Cariñosos abrazos de Él sentir,
Sus miradas disfrutar,
Las palabras escuchar:
A los niños dejad a mí venir.
III
Mas aún a su estrado en oración puedo ir,
Y también de su amor participar;
Pues si pongo en Él mi fe,
Le veré y le escucharé
En el reino que Él fue a preparar.
IV
Todos los redimidos y salvados por Él,
Al Cordero celebran inmortal;
Cantan voces mil y mil
En el coro infantil,
Pues es de ellos el reino celestial.
V
Muchos hay que no saben de esa bella mansión,
Y no quieren a Cristo recibir;
Les quisiera yo mostrar
Que para ellos hay lugar,
En el cielo do los convida a ir.
VI
Yo ansío aquel tiempo venturoso, sin fin,
El más grande, el más lúcido, el mejor,
Cuando de cualquier nación
Niños mil sin distinción
A los brazos acudan del Señor.
Reflexión
Cuando leo en la letra cómo llama Jesús y bendice a los niños con amor, siento una invitación que no se apaga: acercarte a Él, dejar que te sostenga y que, en su tierno abrazo, encuentres descanso para el corazón cansado. En esas palabras encuentro una imagen de cercanía y cuidado: no una distancia entre tú y Él, sino una presencia que te acuna con paciencia y ternura. Tú, que a veces llevas peso del día, puedes permitirte un momento de reposo en sus brazos.
Imagina sus manos reposando sobre ti, sus abrazos llenos de calor y paciencia. Escucha sus palabras suaves que te miran con respeto y te dicen que eres amado tal como eres. No se trata de fingir fortaleza, sino de dejar que la gracia te tome de la mano y te conduzca, paso a paso, hacia la serenidad que nace de la confianza en su amor.
La canción te recuerda que no solo es para niños lo que Él quiere darte; también la oración te acerca a ese encuentro íntimo con quien te invita a acercarte con fe. Cuando oras, no es un deber; es un diálogo en el que puedes abrirte tal como eres, con tus dudas y sueños. Si pones tu fe en Él, verás su presencia en tu día a día y escucharás la voz que te llama para seguir caminando con esperanza.
La visión de un reino donde todos los redimidos se alzan en un coro de gratitud es una promesa que te toca el alma: un lugar de comunión en el que no hay distinción, donde cada nación encuentra un abrazo común en el Señor. Esa promesa puede empezar aquí, en tu vida cotidiana, cuando haces espacio para la bondad, para la escucha del otro, para la alegría compartida.
Te invito a abrir tu vida a ese abrazo. Abba, dile a Jesús que quieres acercarte y descansar en su amor. Y luego, desde ese encuentro personal, extiende la mano a quien aún no conoce ese refugio. Que la gracia que te sostiene te inspire a mostrar, con palabras simples y gestos de cariño, que hay lugar para todos en su reino de luz.
Imagina sus manos reposando sobre ti, sus abrazos llenos de calor y paciencia. Escucha sus palabras suaves que te miran con respeto y te dicen que eres amado tal como eres. No se trata de fingir fortaleza, sino de dejar que la gracia te tome de la mano y te conduzca, paso a paso, hacia la serenidad que nace de la confianza en su amor.
La canción te recuerda que no solo es para niños lo que Él quiere darte; también la oración te acerca a ese encuentro íntimo con quien te invita a acercarte con fe. Cuando oras, no es un deber; es un diálogo en el que puedes abrirte tal como eres, con tus dudas y sueños. Si pones tu fe en Él, verás su presencia en tu día a día y escucharás la voz que te llama para seguir caminando con esperanza.
La visión de un reino donde todos los redimidos se alzan en un coro de gratitud es una promesa que te toca el alma: un lugar de comunión en el que no hay distinción, donde cada nación encuentra un abrazo común en el Señor. Esa promesa puede empezar aquí, en tu vida cotidiana, cuando haces espacio para la bondad, para la escucha del otro, para la alegría compartida.
Te invito a abrir tu vida a ese abrazo. Abba, dile a Jesús que quieres acercarte y descansar en su amor. Y luego, desde ese encuentro personal, extiende la mano a quien aún no conoce ese refugio. Que la gracia que te sostiene te inspire a mostrar, con palabras simples y gestos de cariño, que hay lugar para todos en su reino de luz.