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Himno

Cristo, Nuestro Todo

esta hermosa letra celebra a Jesucristo como todo para quien canta, un amor que es sublime e infinito. El mensaje central transmite la certeza de salvación y la voluntad de seguirle donde él guíe, confiando en que su presencia guía la vida y la carrera hacia una meta gloriosa. La canción compara a Cristo con símbolos de belleza y fortaleza: el lirio, la roca de salvación y la fuente de vida, apuntando a una alegría que llena el alma y satisface plenamente. También narra su encarnación, su sufrimiento y resurrección, acompañado de la promesa de su regreso, que consolida la esperanza del creyente.

Letra

I
Es Jesucristo mi todo, dulce es cantar su loor,
¡Oh cuán sublime e infinito es su divino amor!
Cuando me vio errabundo cual hijo pródigo,
vino a buscar y a salvarme, a su redil me llevó.

¡Cristo! ¡Cristo! Tú eres mi Salvador,
¡Cristo! ¡Cristo! Tuyo seré, Señor;
Te seguiré por doquiera, si Tú guiando vas,
Y al terminar mi carrera en gloria veré tu faz.

II
Cristo es el lirio del valle, la rosa es de Sarón,
Cristo el radiante lucero, la roca de salvación;
Él es la fuente de vida y gozo eternal,
Ya satisface mi alma con el maná celestial.

III
Cristo nació en un pesebre, la amarga copa bebió,
Cual inocente cordero, en el Calvario murió;
Resucitó de la tumba, y al cielo ascendió,
Mas pronto viene en su gloria, esta promesa nos dio.

Reflexión

Cuando nos detenemos a contemplar el tierno y sublime amor de Jesucristo, nuestro corazón no puede más que desbordarse en cantos de alabanza. Él es nuestro todo. En los momentos en que andábamos errabundos, perdidos como el hijo pródigo, su infinito amor no nos dejó en el olvido. Al contrario, con una gracia entrañable, Jesús vino a buscarnos y a salvarnos para conducirnos con cuidado a la seguridad de su redil. Esta hermosa realidad nos invita hoy a reflexionar en nuestra propia vida: ¿hemos permitido que el Salvador guíe nuestros pasos y nos devuelva la paz?

Jesús no es solo un refugio en la tormenta, sino la fuente misma de nuestra existencia. Él se nos presenta con la belleza del lirio del valle y la rosa de Sarón, siendo el radiante lucero que alumbra nuestro caminar cotidiano. En un mundo que a menudo nos deja sedientos y desgastados, Cristo se ofrece como la roca firme de salvación y la fuente de vida que sacia por completo nuestra alma con el maná celestial. En Él encontramos el gozo eterno que verdaderamente llena cualquier vacío.

Esta obra redentora se consolidó a través de su humilde entrega. Desde su nacimiento en un pesebre hasta beber la amarga copa en el Calvario, donde murió como un cordero inocente, Jesús demostró la inmensidad de su amor. Pero la muerte no pudo retenerlo; Él resucitó de la tumba, ascendió al cielo y nos dejó la gloriosa promesa de su pronto regreso. Ante este sacrificio tan perfecto, te invito a responder con fe y devoción personal, diciéndole de corazón: "Tuyo seré, Señor". Que hoy puedas tomar la decisión de seguirle por doquiera que Él te guíe, con la dulce esperanza de que, al terminar tu carrera en esta tierra, verás su rostro en la gloria.