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Himno

Cristo Es Mío (2)

esta hermosa canción abre con un recuerdo claro: el amor de Dios invade el corazón y trae salvación, paz y alegría. La idea central es que Cristo es mío y que esa relación garantiza una identidad segura, un vínculo que permanece por la eternidad. La letra enfatiza una paz santa que libera y dinamiza, una libertad que nace del encuentro personal con Él. También transmite gozo y amor que se sienten en lo profundo, impulsando una fidelidad de vida centrada en servir y honrar a Jesús. El mensaje culmina en un deseo de luz que brilla para otros, reflejando gratitud y alabanza continúas hacia Aquel que cuida y sostiene.

Letra

I
El amor de Dios siento en mi corazón,
El amor de Dios, el amor de Dios;
Él me ha dado hoy también su salvación
¡Gloria a Cristo por su amor!

Cristo es mío, mío, ¡gloria sea a Él!,
Él me ha dado paz y felicidad,
Cristo es mío, mío, ¡gloria sea a Él!
Mío por la eternidad.

II
El ha puesto en mi alma una dulce paz,
Es la santa paz, es la paz de Dios;
Y al momento el me da la libertad,
Por que es mío en verdad.

III
Él me ha dado gozo y también amor,
Yo lo siento en mí, yo lo siento en mí;
Y a Él yo quiero siempre serle fiel
Y servirle solo a Él.

IV
Él me guarda siempre me sostiene fiel,
Porque soy de Él, por que soy de Él;
Quiero yo también ser muy brillante luz
Y alabar a mi Jesús.

Reflexión

Qué herencia tan profunda y reconfortante encontramos cuando podemos decir con total certeza: «Cristo es mío». Estas palabras no son un eco lejano, sino una realidad viva que transforma el corazón desde adentro. Al contemplar el inmenso amor de Dios, no podemos más que maravillarnos ante el regalo de su salvación. Este amor no es una idea abstracta, es una presencia real que se siente en lo más íntimo, llenando cada vacío y sanando cada herida. Saber que pertenecemos a Jesús y que Él nos pertenece por la eternidad nos brinda una seguridad que el mundo jamás podrá ofrecer.

En los momentos de incertidumbre, cuando las tormentas de la vida intentan robarnos la calma, el Salvador deposita en nuestra alma una dulce y santa paz. No es una paz pasajera, sino la paz de Dios que nos rescata, acompañada de una verdadera libertad. Al recibir a Cristo, las cadenas de la opresión se rompen, dando paso a un gozo inefable y a una felicidad genuina. Qué hermoso es saber que no caminamos solos en este peregrinar; Él nos guarda y nos sostiene con fidelidad en cada paso del camino, simplemente porque somos suyos.

Esta maravillosa relación nos invita a una respuesta activa de fe y gratitud. Al experimentar un regalo tan sublime, surge en nuestro interior el deseo sincero de serle fieles, servirle solo a Él y corresponder a su cuidado diario. Te invito hoy a reflexionar en tu propia vida: ¿has permitido que esta dulce paz inunde tu ser? ¿Sientes el gozo de su salvación en tu caminar diario? Te animo a abrir tu corazón a esta hermosa realidad, a descansar en sus brazos protectores y a decidir, con un espíritu agradecido, ser una luz brillante que refleje su amor a quienes te rodean. Que tu vida sea una alabanza constante a Jesús, proclamando con gozo que Él es tuyo hoy y por la eternidad.