Saltar al contenido
Himno

Amor Maternal

esta bella canción nos remite a un amor que trasciende la vida terrenal: el vínculo con la madre y su ternura que perdura a pesar de las ausencias y las pruebas. La letra revela una memoria dolorosa de la infancia, momentos de arrepentimiento y el anhelo de reconciliarse con ese amor que siempre estuvo presente, incluso cuando la distancia sembró dudas. Su mensaje central es la esperanza de una reunión celestial, donde la promesa de ver a la madre en gloria se convierte en consuelo y motor de fe. Al final, la canción celebra la fidelidad de ese cuidado materno y la certeza de un encuentro eterno.

Letra

(I) Los años de mi infancia me recuerdan con dolor, Que a veces despreciaba de mi madre el tierno amor;
Mas ya que está en el cielo, anhelo su solicitud, Dile, ¡oh Señor! que en gloria la veré.

(CORO) ¡Oh madre de mi amor! en gloria te veré, Tu tierno amor jamás olvidaré;
En la mansión de paz, veré tu dulce faz, Y junto a ti por siglos moraré.

(II) Por más que anduve errante yo por sendas de maldad, Mi cariñosa madre me trataba con bondad;
Mis cuitas infantiles endulzaba con amor, Dile, ¡Oh Señor! Que en gloria la veré.

(III) Al verme solo y lejos de mi hogar, mi dulce hogar, Con su angustiado corazón lloraba sin cesar;
Y día y noche oraba a Dios por mí, con grande fe, Dile, ¡Oh Señor! Que en gloria la veré.

(IV)
Infausta nueva un día me llegó, diciendo: Ven, Si quieres a tu madre ver, que hoy vuela al alto Edén.
Lloré, cuando en los brazos de la muerte la encontré, Y dije, ¡Oh madre! en gloria te veré.

Reflexión

El recuerdo de una madre es un refugio de gracia y un testimonio vivo del amor incondicional. Al contemplar la letra de este canto, nos encontramos con el tierno retrato de una madre que, a pesar de los desvíos de su hijo por "sendas de maldad" y los desaires de la infancia, nunca dejó de amar, de esperar y, sobre todo, de clamar al Señor. Es una conmovedora muestra de cómo el amor maternal, constante y paciente, endulza nuestras tristezas y nos sostiene aun en la distancia y la soledad.

Esta historia nos invita a mirar con honestidad nuestro propio caminar. Muchas veces nos encontramos lejos del hogar, errantes o cargando con el dolor de no haber valorado a tiempo el tierno afecto que se nos brindó. Sin embargo, la fe de aquella madre, que "día y noche oraba a Dios" con gran fervor, nos recuerda que no estamos solos. Sus lágrimas y oraciones constantes abrieron un puente de esperanza hacia la eternidad, recordándonos que hay un Señor compasivo que escucha el clamor de los suyos y nos llama a volver a casa.

Hoy, te invito de manera muy especial a hacer una aplicación personal de esta reflexión en tu vida. Si hoy sientes el vacío de la ausencia o el peso del arrepentimiento, te animo a abrazar la fe que sostuvo a esta madre en sus momentos de angustia. Permite que el consuelo del Señor llene tu corazón y te guíe hacia esa "mansión de paz". Que la maravillosa promesa de un reencuentro en el "alto Edén" no sea solo un anhelo lejano, sino una certeza diaria que transforme tu presente, inspirándote a vivir con la seguridad de que, al final del camino, nos espera una eternidad de amor y comunión junto al Señor.